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II. EL ENCUENTRO

Dos horas más, ciento veinte minutos… Ella contaba las horas, habían pasado cinco años desde la última vez que estuvo en esa ciudad, cinco años de ese amor desenfrenado que sentía por él. Y ahora faltaban minutos para volver a verlo. Parecía mucho. El ruido de los motores, la gente hablando. El mundo seguía su paso mientras en su interior todo parecía detenido. Cinco años de vida. Recordaba los detalles con precisión. La primera vez…la última. Esa noche tormentosa que con lágrimas en los ojos juraban quererse toda la vida. El adiós. La voz temblorosa del reencuentro telefónico hace apenas unos meses y los encuentros furtivos con cartas tímidas ocultando una vieja pasión que no puede ser develada. Se escucha el tumulto. La cercanía del encuentro. Ahora solo los separa un par de paredes, guardias que corren, gentío por doquier. El corazón de ella, late apresuradamente. El tiempo ya no se detiene, corre. Al fin, escucha esa voz. Un temblor recorre su cuerpo, se estremece, busca, encue...

En La Habana

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III. MOMENTOS Y REALIDAD

Mejor me apuro. Ya vendrá, tiene que encontrarme linda…Toma una ducha, el agua recorre su cuerpo y piensa en las manos de él, vuelve a temblar. Estoy cerca del cielo, piensa. Recuerda la primera vez que estuvo con él. Esa mágica noche en que su cuerpo vibró como nunca pensó que lo haría. Esa noche en que ella le decía, que lindo eres y reía al abrazarlo. Esa noche en que él tardo horas en darle el primer beso, y que de un momento a otro despertó como un león dormido amando hasta lo más profundo de ella, hasta esos lugares recónditos que ningún amante había llegado Lista. Todos los detalles pensados en él. El perfume, la ropa íntima, el carmín. Se acomoda en la cama, espera mirando el techo, mirando la nada, perdida en el recuerdo de esos ojos color miel. Siente pasos, otra vez…el corazón le da un vuelco, se acomoda, coqueta, espera que la puerta se abra. Mira. Y ahí está él, de vuelta, sonriendo, bello. Luce una hermosa camisa. La mira y saca una botella…para ti mi amor, papi te trae l...

I. EL ADIÓS

CERCA DEL CIELO Niña del Sol Sale apresuradamente con el corazón latiendo muy fuerte. Mira su jardín por última vez, se acerca a sus flores. Las acaricia con la mirada y las besa una por una. Se detiene frente al árbol, a su árbol, el de siempre. Con su gran tronco y sus enormes ramas, con sus raíces profundas, con sus hermosas hojas verdes. El árbol que aquel día lluvioso la acogió, la protegió, le dio sombra, le dio sus ramas. No te preocupes, estaré bien le dice. Lo abraza. En mi libertad te amo, en mi libertad te dejo, no soy responsable de ti, amado jardín y tú no eres responsable de mí. No sé si volveré, pero estarás en lo más profundo de mí, para siempre. Soy libre. Tiene una mezcla de emociones, tristeza por la despedida y una emoción indescriptible por la partida. Recordó la tarde de otoño cuando su jefe le informó que tendría que trabajar una temporada en esa ciudad lejana. Cuando lo escuchó su corazón dio un brinco. Desde ese día ella sintió que su ser vibraba. No se can...

Coral

De Oscar Después de la travesía que no se diferencia en nada con aquellas que realizaron algunos españoles “medio sueltos de cuerpo” hace cuatro siglos atrás, buscando El Dorado o El Gran Paitití, llegué a esta ciudad pagana de nombre tan católico: Santa Cruz. Los quinientos y tantos kilómetros que recorrí, embutido en viejos y destartalados buses, entre cebollas, mamás gordas con hijos expertos en joda, bultos y más bultos, hombres silenciosos y uno que otro campesino enigmático, me hicieron retornar a principios de siglo. Me parecía que estaba viviendo una experiencia en el tiempo (más que en el espacio) digna de se contada. Viajar por el Altiplano, como colgado de un cometa, fue algo similar a la eternidad. Tuve la sensación de que la infinitud de esa planicie era la manifestación del olvido: “es tan corto es el amor Y tan largo el olvido” Neruda Creo que fue la noche más larga que viví estos últimos años. Llegar a Cochabamba, mi tierra, fue como reencontrarse con algo irremediablem...

Chau número tres (M. Benedetti)

Te dejo con tu vida tu trabajo tu gente con tus puestas de sol y tus amaneceres. Sembrando tu confianza te dejo junto al mundo derrotando imposibles segura sin seguro. Te dejo frente al mar descifrándote sola sin mi pregunta a ciegas sin mi respuesta rota. Te dejo sin mis dudas pobres y malheridas sin mis inmadureces sin mi veteranía. Pero tampoco creas a pie juntillas todo no creas nunca creas este falso abandono. Estaré donde menos lo esperes por ejemplo en un árbol añoso de oscuros cabeceos. Estaré en un lejano horizonte sin horas en la huella del tacto en tu sombra y mi sombra. Estaré repartido en cuatro o cinco pibes de esos que vos mirás y enseguida te siguen. Y ojalá pueda estar de tu sueño en la red esperando tus ojos y mirándote.