Coral

De Oscar

Después de la travesía que no se diferencia en nada con aquellas que realizaron algunos españoles “medio sueltos de cuerpo” hace cuatro siglos atrás, buscando El Dorado o El Gran Paitití, llegué a esta ciudad pagana de nombre tan católico: Santa Cruz.

Los quinientos y tantos kilómetros que recorrí, embutido en viejos y destartalados buses, entre cebollas, mamás gordas con hijos expertos en joda, bultos y más bultos, hombres silenciosos y uno que otro campesino enigmático, me hicieron retornar a principios de siglo. Me parecía que estaba viviendo una experiencia en el tiempo (más que en el espacio) digna de se contada.

Viajar por el Altiplano, como colgado de un cometa, fue algo similar a la eternidad. Tuve la sensación de que la infinitud de esa planicie era la manifestación del olvido:

“es tan corto es el amor
Y tan largo el olvido”
Neruda


Creo que fue la noche más larga que viví estos últimos años.

Llegar a Cochabamba, mi tierra, fue como reencontrarse con algo irremediablemente viejo. Sentí que esta ciudad estaba vieja desde que había nacido. Me puso triste sus polvorientas calles y su irremisible condición de ciudad pretérita

Tuve que hacer una escala obligatoria de casi 8 horas, tiempo en el cual hice lo que se hace habitualmente en Cochabamba: esperar.
Y para que sea más liviana la espera, me fui a caminar por lugares de mi infancia. Como por arte de magia se transformó la ciudad; volví a ver aquellos colectivos de antaño, las carretas, la Cancha, como un maremagnun de sobreros blancos, mi patriarcal abuelo sentado en el rincón del viejo patio, el constante aroma de rosas…Todo, o casi todo estaba tan viejo como entonces.

Y a la hora en que esta ciudad se va transformando en una reliquia dorada por efecto de la resolana y deja de ser polvo para convertirse en trigo puro, yo ya estaba embutido nuevamente en una flota tan vieja y destartalada como los colectivos de mi infancia. Prácticamente no me senté sino que me hundí en el asiento. Y así “hundido” cómodamente, vi llegar al chofer y su ayudante borrachos y alegres, satisfechos, pienso yo, de haber libado la chicha más cochabambina dque hubo jamás y quizás haber perseguido a algunas cholitas de pura sepa; también llegaron extraños viajeros con caras de pocas migas.
Yo lo único que hacía era tragar saliva.

El viaje fue de lo más interesante. Cada cierta cantidad de kilómetros, el bus se detenía: ya para asegurar los pernos de sus llantas, o para echarle agua al motor que bramaba como un asmático, o bien para que el chofer se baje a visitar a alguna cholita aledaña. Yo empecé a ejercitar el santo oficio de la paciencia. No me quedaba otra, pues hacer uso de la otra posibilidad equivalía a tener que irme a pie a Santa Cruz.

“Enllegando” a un pueblito que no recuerdo su nombre, decidí utilizar el sentido común, puesto que mi paciencia estaba total mente maltrecha. Me bajé del bus, haciendo uso de los 30 minutos de detención y me quemé el pecho con aguardiente. En menos que canta un gallo estaba tan alegre como el amigo del chofer y su ayudante. Ya no tuve que hacer uso de la paciencia y el viaje a partir de entonces, me pareció interesantísimo. Agotado por el viaje anterior me dormí con el cuello retorcido.

Aproximadamente a las tres de la mañana me desperté con un agudo dolorcito en el cuello. Me sorprendió el hecho de que casi todo el mundo estaba despierto, mirando por su ventanilla y murmurando entre ellos. La razón era que el bus estaba pasando por la Siberia: ese paso fantasmagórico del valle al llano a través de los contrafuertes de cordillera, serranía y salvajes, rodeados de una densa y eterna neblina. Yo no se si fue de frío o de pavor, pero con un extraño temblor, contemplé la terrible belleza de la Siberia.
Inolvidable.

Después vendrían las aduanillas, los agentes de narcóticos, cambas de camisa al viento ávidos de no se qué con sus escopetas de doble caños recortado (las más mortíferas), revisándolo todo, las vendedoras de batido de tamarindo, empanadas de queso, yuca, etc.

Y llegué a Santa Cruz, cuarteado por el mal sueño.
Su cielo estaba poblado de golondrina.,
Al ver este paisaje te recordé intensamente.

En estos primeros días de Diciembre, después de intenso trabajo, aprovecho una tregua para escribirte. Estamos haciendo una serie de producciones rurales y la mayoría del tiempo he estado fuera de Santa Pué, en pleno monte como camarógrafo. Un a experiencia muy linda.

Aquí, es difícil ser o estar contemplativo (uno de mis más preciados oficios), debido a varias razones: una de ellas es la abrumadora presencia del sopor. No bien te has descuidado en afanes contemplativos, eres presa fácil del sopor y una modorra pesada y viscosa te hace anhelar la siesta incluso a media mañana en una dulce y tambaleante hamaca.
Entonces, tratando de ser contemplativo terminas siendo lagarto.
Sin embargo no he renunciado al placer que me depara la contemplación.
He desarrollado un mecanismo rápido y eficiente de contemplación que me permite observar y conocer detalles muy lindos y cultos en un tiempo máximo de 5 minutos, después del cual me distraigo haciendo uso de la más trivial atracción de Santa Cruz: los traseros de las cambas.
No hay por donde perderse y el peligro de caer en el sopor está totalmente conjurado. Porque estés donde estés, nunca te faltarán traseros que rompan el hechizo de la contemplación, te pongan nervioso y te recuerden que tienes que ir a trabajar ¿Qué te parece? ¿Efectivo no?

Frente a la casa donde vivo, vive un hombre que lleva encerrado en un cuarto más de dos años. Es un retrasado mental que a la hora del crepúsculo de todos los días asoma su boca al resquicio de una ventana y con voz cavernosa pide cigarros. “un cigarrito por favor, un cigarrito por favor…” Cada dos días vienen sus familiares, abren las puertas y manguerean la habitación. Los excrementos de varios días flotan en el agua y el aire se impregna de un olor indescriptible.

Mas allí, a media cuadra vive un connotado pichicatero que cada 6 meses o a veces menos, hace demoler su casa y construye otra en tiempo record. En el momento en que te escribo esta carta, acaba de hacer demoler un precioso chalet californiano que lo construyó a principios de este año.
Es la tercera o cuarta vez que hace lo mismo.

En el vecindario se dicen muchas cosas. Unos opinan que el mentado pichicatero es un insatisfecho crónico, otros piensan que ha confundido casa con ropa y que sigue los mandados de la fugaz moda de vestir. Algunos, los más escépticos piensan que es un retrasado mental, pero en libertad.
Yo pienso que es un genial prototipo del espíritu camba.

Hace unos meses atrás (yo no fui testigo) se realizó una marcha, propiciada por el Comité Pro-Santa Cruz, en defensa del patrimonio y el ancestro cultural de Santa Cruz y en protesta por el avasallamiento cultural que sufría el departamento con las constantes migraciones de las hordas collas, despeñadas de las alturas.
Según lo que me cuentan, eran más de 300 mil personas que demoraron más de 4 horas en pasar por la plaza principal. Más del 60% de marchantes eran collas y la gran mayoría de ellos eran cholas del valle.
A esa misma hora, por Canal 5 se transmitían los habituales programas pirateados de O Globo-Brasil, en vivo y directo, es decir en portugués. Hasta hoy, no se sabe que quisieron decir con eso del avasallamiento cultural”
Otra muestra genial del espíritu camba.

Y así como suceden las cosas con lo real mágico, hay otras que fascinan.
Cada día, y durante horas, veo a través de la ventana del estudio, las techumbres antiguas de Santa Cruz. Es un mar de tejas rojas, viejas y enmohecidas. Quiero decir que esté haciendo lo que esté haciendo, es inevitable la visión de este paisaje. Arriba en el cielo intensamente azul, vuelan como enloquecidas millones de golondrinas. Más abajo y casi al ras de los techos, se desarrolla una sorprendente y silenciosa migración de mariposas blancas. Es una interminable migración de oeste a este. No pude preguntar nada a nadie, puesto que nadie siquiera se da cuenta de ello. Otra muestra genial del…

Es muy sugerente este paisaje. Da la impresión que fuera una sutil nevada en pleno trópico.

El verano está instaurado es esta ciudad con todo su poderío.
Los cambas, al igual que los collas con el frío, se andan quejando constantemente del calor. ¡Que calorsango no! Dice uno y otro contesta: “Pué”
Y así pasan los días. Yo no se porque es así la gente.
Yo en cambio, vivo feliz muriéndome de calor
Y cuando estoy en La Paz cago de frío pero…creo que no me quejo.

Hay millones de cosas que quisiera contarte; prefiero hacerlo poco a poco y según se vayan dando las circunstancias.

Bueno, no hallaba la hora de terminar este preámbulo para preguntar por ti, gallinita sin huato. ¿Cómo estás? ¿Qué estas haciendo? ¿Qué cosas piensas?

Después de aquellos intensos momentos que pude compartir contigo, te has convertido en un pensamiento que con algo de travesura se interpone en el camino de otros pensamientos y me hace sonreír. Es como un niñito que me hace señas desde una hoja de papel, detrás de una esquina, en el tablero de control de los equipos, o en el borde más íntimo de mi almohada.
Te pienso (no quiero decir te recuerdo) como a una cómplice de muchas y secretas libertades.
Y me siento muy bien.
Ojala que para ti, todas esas huellas o rastros que he dejado, sean también motivo para que te sientas bien.

Tengo aún ciertas penas, pequeñas penas que sentí al venir a esta. Y ¿sabes cuáles? Son triviales, pero penas al fin.

Una vez te comenté que me gustaban los cojines y almohadones, ¿recuerdas? Tú muy amorosamente conseguiste uno que los iríamos a compartir. ¡Qué pena! ¿Verdad?
Pero más que contarte mis penas quiero decirte que una serie de pequeños detalles, cotidianos y sin mucha importancia los llevo en mí como muestras de tu ternura.
Gracias

Estas en mí.


(Susurrando):

Dame esos besitos chiquititos que solías darme
Cuando yo distraído y comprometido con la contemplación
Te hablaba de cosas sin importancia.
Los hecho de menos.

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