II. EL ENCUENTRO

Dos horas más, ciento veinte minutos… Ella contaba las horas, habían pasado cinco años desde la última vez que estuvo en esa ciudad, cinco años de ese amor desenfrenado que sentía por él. Y ahora faltaban minutos para volver a verlo. Parecía mucho. El ruido de los motores, la gente hablando. El mundo seguía su paso mientras en su interior todo parecía detenido. Cinco años de vida.

Recordaba los detalles con precisión. La primera vez…la última. Esa noche tormentosa que con lágrimas en los ojos juraban quererse toda la vida. El adiós. La voz temblorosa del reencuentro telefónico hace apenas unos meses y los encuentros furtivos con cartas tímidas ocultando una vieja pasión que no puede ser develada.

Se escucha el tumulto. La cercanía del encuentro. Ahora solo los separa un par de paredes, guardias que corren, gentío por doquier. El corazón de ella, late apresuradamente. El tiempo ya no se detiene, corre.

Al fin, escucha esa voz. Un temblor recorre su cuerpo, se estremece, busca, encuentra. Allí está él, otra vez, él. Se acerca, una mirada de complicidad los acerca, los funde. Otra vez son uno solo, lo dicen sus ojos. La gente allí mira, ella se acerca y finalmente se dan un abrazo con un tímido “hola” y los ojos radiantes de ambos que se encuentran y se penetran, la gente mira. No necesitaban más, los ojos ya lo habían dicho todo.

Luego, las presentaciones, este es fulano, los nervios parece que puede traicionarlos cualquier momento. Ellos lo saben. Con una mirada saben que tienen que terminar la función y desaparecer del mundo. La excusa, tenemos que irnos, un auto prestado nos espera, disculpen, nos vemos más tarde. Falsas promesas. Sabían que a partir de allí, el mundo era solo de ellos. Habían soñado cinco años ese encuentro.

Ella había ejercitado hasta el saludo, la mirada, la parada, nada de los ensayos recordó en el momento de la presentación estelar. El cuerpo empezó su propia función, aquella, la propia, la que la vida le enseño desde lo más profundo de su espíritu.
Salen de allí, al fin se encuentran solos. El se acerca y le da un beso, un suave y dulce beso en la cara, muy cerca de los labios. Es suficiente, sus labios tiemblan, ella lo siente. Ella tiembla también. Suben a un auto. Otra vez las presentaciones del caso, este es mi amigo el fulano de tal. Mucho gusto. Soy “ella”, se presenta.

Y él, siempre él, viene al ataque, sentado en la parte de atrás del auto, toma la cintura, lacara, y los cabellos revueltos de ella con sus grandes manos huesudas, esas manos que tienen un tatuaje, esas manos que ella recordaba a cada instante en todos esos años. Que linda estás. Te recordaba así, tan linda y radiante. Te esperaba. Como estás, como está todo. Palabras de relleno, ellos lo saben, pero algo hay que hablar. Una energía renovada recorre el cuerpo de ella, una nueva seguridad de mujer que ama y es amada la recorre por dentro.

Llegan a un edificio destartalado. El amigo fulano de tal les dice si van a quedarse allí. No, saldremos enseguida. Ven con nosotros. Querrán estar solos dice el fulano. No, vamos comemos algo. Vuelvo dice. Sabe que está demás, hay mundo cerrado en ellos, necesitan estar solos, mirarse, acariciarse. Suben a un primer piso, tocan la puerta. Los nervios vuelven. Ella se lame los labios, se preocupa, sufre, que pasará piensa. Tengo miedo. No puedo tener miedo. Soy feliz. Nervios. La puerta se abre. Un gordo abre, dice escuetamente, la pieza está lista, muestra las dependencias, una cocina, un cuarto con lo necesario: una cama de dos plazas, un pequeño baño con un plástico que separa la ducha de un inodoro viejo y deslucido.

El sale. Arréglate que nos vamos enseguida. Hace un poco de fresco, ponte algo. La abraza. Ella espera tocar sus labios pero él solo la mira. Quiero tocar su cuerpo, piensa ella mirándolo mientras siente un escalofrío en la piel al ver ese cuerpo duro, delgado, ese cuerpo que había amado tantos años. Ese cuerpo que había disfrutado tantas veces. Ese cuerpo que recorrió con sus labios tantas veces, pero él parece no percatarse.
Salen de allí. Esta el fulano de tal esperando en otro auto, esta vez uno destartalado. Suban, dice. El esta vez va delante. Se alejan y llegan a un lugar con jardines, hermoso. El la acaricia con la mirada. Ella sigue esperando el beso. El fulano de tal se va. Dice, que la pasen bien. Buen fulano, espera, lleva, trae.
Al fin solos. Un mozo los hace pasar, eligen una mesa en un lugar apartado, se miran, se buscan. Como estás dice él. Desapareciste cinco años. Nunca te olvidé. Porque me dejaste. Los detalles salen de sus labios. El recuerda todo. Como te conocí, como fue la primera, la segunda vez, los llantos, ¿recuerdas? ¡Tenemos tantas historias! Somos uno por nuestra historia. Somos únicos.

El se levanta, le dice perdona mi amor dejarte sola unos minutos, compro algo y regreso, perdóname. Y por fin se acerca y besa sus labios. Y la mira como queriendo descubrir viejos recuerdos y secretos compartidos. Y encuentra que todo está intacto… ¿o más grande al fin? Ella siente al fin esos labios que había deseado todos estos años. Esos labios que había besado intensa y desesperadamente tantas veces.

Se queda sola. Al fin se percata que frente a ellos se encuentra un músico con su guitarra, desparramando acordes suaves y melodiosos. La mira, le dice algo que ella no entiende, le responde con una sonrisa. El músico le dice si le gusta esa melodía, ella dice, “todo es fantástico”.

Vuelve. Ella lo mira, se siente aliviada, en algún momento pensó que no volvería, que era un sueño, que era demasiado perfecto, pero no, él estaba de vuelta, se sienta, la mira, la recorre entera, le toma las manos. Y esos ojos otra vez, esa mirada profunda que parece entrar en su cuerpo. Su sonrisa, esa eterna sonrisa.

Llega la comida, Ella no puede comer, solo piensa en él, solo lo mira atónita. Lo acaricia con los ojos. Soñé con este momento tantas veces, se anima a decirle. El dice, yo lo soñé más, te busque, estaba loco, hice todo por encontrarte, si solo supieras…silencio. Un velo de tristeza en sus ojos. Eres feliz. Sí, soy feliz, pero feliz ahora de verte. La música de fondo, la luz de las velas, las miradas, los jardines. Los ángeles dando vueltas.

Salen de allí, toman un taxi cualquiera y aparecen en una gran discoteca. Gente, música loca, sensualidad por doquier. El solo observa, la observa. Beben, bailan con aire distraído. Ella necesita licor, dame más, le dice. Y toma, sigue tomando. Baila, ella se mueve, se deja llevar por los acordes, la locura colectiva.

Lo deja solo en su ejercicio contemplativo, se va a confundir con la gente que se mueve desesperadamente, gritando y agitando sus cuerpos. Aquí estoy pensaba ella, con la confusión de la bebida y deja suelto el ser, fluye. Baila, se contorsiona, se deja llevar por otros que también buscan placer. Una nueva energía la recorre. Soy libre, soy feliz. Repetía para sí. Gracias, amor y gratitud. Acepto la abundancia y el bien estar….soy feliz soy feliz se decía.

Se acaba la locura colectiva….él la toma suavemente y le dice, vamos mi amor. Es nuestra hora. Llegan a la habitación riendo…él se saca la camisa y la toma por la cintura y empieza a besarla furiosamente, me dejaste amor, me dejaste, pero te amo, le repetía. El encuentro de los cuerpos, la fuerza de él que la toma desesperadamente. Cinco de años de espera para ese encuentro. La penetra, ven suave amor, le dice él. Suave amor. Acaricia sus cabellos y los cuerpos se funden, se encuentran, se aman. La explosión y los labios de él repitiendo te amo, te amo, te amo, cuanto te amo amor.

Diez de la mañana. Suena el teléfono. La voz de él. Si mamá, está bien, claro, ¿Qué hora es? Ella abre los ojos. Mira la habitación. Vuelve a la realidad, no es un sueño, es él, siempre él. Lo observa callada, trémula. Su cuerpo perfecto, su color canela, sus hermosos ojos color miel, sus pies perfectos, su perfil, esos labios que recorrieron su cuerpo en la noche.

Lo abraza, él dice, no es sueño mi amor (como si hubiera escuchado sus pensamientos), estamos juntos, como siempre debimos estar, pero me dejaste. Otra vez. Le repite una y otra vez. Ella sonríe y lo abraza. Tonto, tenemos la vida para nosotros. Estamos juntos, no pienses más. Se abrazan. Un amanecer perfecto. ¿Tomamos mucho, no? No tonta, fuiste tú, te tomaste toda la bebida que existe…no cambias, nada te cambia, sigues bella, alegre y divertida, como siempre. Como te amo mi vida. Tu cuerpo sigue temblando como siempre, tan ardiente.

YA vuelvo, dice él. ¿No hay café en este boliche?? Mi amor, muero de resaca. Gime ella. El sonríe, le dice, eres loca. Te amo por eso. Aquí no hay nada. Espérame lista, salimos al momento. Ello lo observa irse. El amor duele, piensa. Duele la despedida. Cierra los ojos, miedo, angustia, no te vayas. Siento miedo, piensa, miedo otra vez a la soledad, a la despedida, a la realidad. Recuerda los versos de Neruda: Tan corto el amor y tan largo el olvido

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